Domingo de Ramos

LA GRAN ACLAMACIÓN

La liturgia de hoy tiene dos partes muy diferentes. La primera conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. La segunda se centra en la Pasión del Señor. Nos fijamos hoy en la primera parte. Jesús entra como rey humilde. Sobre un burro, y no sobre un caballo ni con carro de cuadriga.  En la escena están los árboles, los animales, los seres humanos. Todos sirven al Señor. Como los peregrinos que se acercaban a Jerusalén también nosotros cantamos: “¡Viva el Hijo de David!, ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo! Que él traiga la salvación a nuestra vida.

Este día es tradición llevar una palma, una rama de olivo, de laurel, de romero…Y si la palma en la mano es símbolo martirial, quienes llevemos este día un ramo de hoja perenne nos asociamos a la multitud de los justos descrita en el libro del Apocalipsis, los que van detrás del Cordero con palmas en las manos.

Los mártires llevan palmas; es el trofeo que los identifica, palma verde, como símbolo de la vida ofrecida. La palma, el ramo de olivo de árbol de hoja perenne, llevados en la mano, simbolizan el deseo de ser testigos del nazareno. La palma o el ramo de hoja perenne  exige pertenencia, ser del Señor. Se nos llama a  a acompañar a Jesús, a ser el recinto donde Él se sienta amado. Iniciamos una semana de silencio, de oración, de solidaridad, de no dejar de mirar al que camina hacia la meta de la donación de sí mismo por amor a toda la humanidad. No acompañamos a un malhechor. Acompañamos y contemplamos a quien nos revela hasta donde llega el amor.

Nos llevaremos a casa uno de los ramos o palmas bendecidos en ete domingo. Y nos comprometemos a mirarlo con fe, para recibir cada día al Señor que viene hasta nosotros.