IV – Domingo de Quaresma

CAMINAR EN LA LUZ
En el evangelio de este domingo Jesús cura a un ciego. Es interesante ver cómo el evangelio de Juan, con una revelación progresiva, que culmina en el “yo soy” de Jesús , nos conduce esta vez al “YO SOY LA LUZ” Jesús lo había afirmado en el capítulo anterior al que hoy leemos: “yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn8,12).
Todos somos de alguna manera ciegos. Quien más quien menos, todos podemos estar faltos de luz y de orientación en la vida, en una penumbra o en tinieblas: dudas, desorientación, búsqueda, confusión de ideas. La respuesta se llama Cristo Jesús, que disipa nuestra tinieblas, nos comunica la verdad y nos conduce a la salvación.
En la escena del evangelio se ve claramente que hay dos clases de ciegos. Al primero le faltaba la luz física de los ojos. El pobre ciego tiene una suerte patética: condenado a la oscuridad desde su nacimiento y encima, zarandeado por sus familiares y por los judíos que discuten sobre su culpabilidad.
A los otros les faltaba la vista interior de la fe. Son ciegos que no quieren ver ni toleran que otros “vean”. Son los que creen ver y se encierran en su postura. Jesús les desenmascara. Esa ceguera no hay piscina de Siloé que la cure, si no se convierten.
¿Te sientes interpelado por este encuentro de Jesús con el ciego del Evangelio? ¿En qué aspectos concretos?.
Solo nos curará Jesús de la ceguera si somos humildes, si no nos creemos justos y no tenemos miedo a que queden iluminados ciertos aspectos de nuestra vida.
El Bautismo fue nuestra primera “iluminación”. Cada año renovamos nuestro bautismo, en la Vigilia Pascual, y pedimos a Dios que nos renueve la gracia bautismal, que renueve la “iluminación” de nuestros ojos.
Además de vivir como hijos de la luz, se nos encarga que seamos nosotros “luz del mundo”. Este ha sido el encargo de Jesús: “vosotros sois la luz del mundo…no se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino en el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa: brille así vuestra luz delante de los hombres” (Mt 5,14).
Ayúdanos, Padre, a no ocultar tu Luz delante de la gente con la superficialidad y rutina de nuestra vida de fe.